La fecundación in vitro (FIV) es hoy en día un método
reproductivo absolutamente normalizado y estandarizado, pero a finales
de los 70 generó un gran debate ético, además de escepticismo, junto a
una revolución científica. Fruto de la investigación nació la primera
'bebé probeta', como se la llamó, Louise Joy Brown (Oldham, Reino Unido,
25 de julio de 1978). La medicina reproductiva ha experimentado un
avance tecnológico enorme -impulsado en parte por la crisis de natalidad
y el retraso de la maternidad- que la ha llevado a una época dorada, lo
cual ha abierto nuevos dilemas éticos, sociales y legales. Todo eso se
debate estos días en Barcelona en la 6ª edición del Congreso Internacional EBART (Evidence-Based Assisted Reproductive Technology), que organiza Eugin." BEBÉ LLAVE EN MANO "
Del al 23 al 25 de abril tuvo lugar en Barcelona el 47 International Dexeus Congress, un certamen de carácter bianual que organiza la Fundación Dexeus Mujer.
Bajo el lema “Reproductive Medicine meets the world”, el encuentro, celebrado en el Palau de Congressos de Catalunya, reunió a más de 600 especialistas en medicina reproductiva procedentes de todo el mundo.
En una larga entrevista que le hizo Anne-Laure Barret en Le Journal du Dimanche, Testart mostraba su inquietud por la “fabricación de niños”. Al comienzo de su ensayo cita unas palabras de Jean Rostand: “No adoptemos aire de semidioses, cuando solo hemos sido aprendices de brujo”. Teme que las peores pesadillas puedan hacerse realidad, amparadas en un supuesto progreso médico: los humanos podrían ser pronto seleccionados como los animales domésticos o el ganado.
Pensaba que, gracias a la fecundación in vitro (FIV), muchas parejas estériles han podido tener hijos. Pero molestaba la publicidad de esa técnica, que no consideraba un gran logro científico. Actualmente, denuncia los excesos de la medicalización en el nacimiento de seres humanos: “Casi un tercio de las FIV se realizan sin indicación médica y, por tanto, son abusivas; si esperasen un poco, muchas parejas concebirían un hijo en su propio lecho”. Consideraba que el principio de cautela impone limitar estas técnicas a los que en rigor las necesiten. Y esto, sin considerar el ahorro que supondría, más aún si se tiene en cuenta la difícil financiación actual de la Seguridad Social, porque los laboratorios que comercializan las hormonas sintéticas ponen precios desorbitados.
Jacques Testart manifestó su opinión negativa respecto a la procreación asistida en favor de parejas homosexuales, asunto ampliamente debatido en Francia. Considera una esclavitud aceptar la maternidad subrogada para dar hijos a varones, y un abuso de poder la inseminación artificial para mujeres. A su juicio, abre la puerta a la eugenesia. No se trata de una política de Estado, como en otros momentos históricos, sino de un eugenismo suave, democrático, sin dolor.
“Un día, sus hijos serán seleccionados para evitar la miopía”, escribió Testart en 1986 en El embrión transparente, cuando la reproducción asistida daba sus primeros pasos. Añade ahora: “La realidad ha rebasado mis temores: en el Reino Unido, se puede hacer un diagnóstico preimplantatorio sobre un embrión concebido a través de FIV para evitar el estrabismo; en Estados Unidos, para elegir el sexo del futuro hijo”. Francia es un país más estricto en materia de bioética, pero los diagnósticos genéticos son cada vez más amplios: “Se puede eliminar los embriones portadores de un gen patológico, y también los que muestran riesgos estadísticos de cáncer. Pero todos portamos factores de riesgo para muchas enfermedades graves”.
Resulta casi inevitable para la entrevistadora comparar la postura de Testart con la de los católicos. De hecho, le pregunta si se une a la “cruzada por el embrión”. Pero el biólogo recuerda su condición de hombre de izquierda y su ateísmo. Lo que le inquieta es la fabricación de seres humanos a medida, con los posibles daños psicológicos en el futuro, por ejemplo, si el mejor hijo, elegido tras complejos cálculos de probabilidades, no consigue la máxima calificación en el examen de bachillerato.
Más grave aún será la pérdida de diversidad entre los humanos, con sus genomas cada vez más “normalizados”. Esa clonación social conduciría a una uniformidad peligrosa a largo plazo. “De acuerdo con Darwin, la especie sobrevive solo por la diversidad, porque hay siempre individuos capaces de resistir a la fatalidad”. Por otra parte, “ciertas patologías eliminadas están acopladas a genes de resistencia a otras enfermedades. En un intento de protegerse de todo, se camina hacia la catástrofe”. Más prudente le parece a Testart mantener la limitación actual del ordenamiento francés, que permite utilizar el diagnóstico prenatal solo para una enfermedad propia de la pareja.
Ideas semejantes reitera en otra entrevista publicada en el diario italiano Avvenire, en la que sale al paso de “la utopía de los hijos perfectos”. Muestra el paralelismo entre la eugenesia histórica, dolorosa y autoritaria, como en la Alemania nazi, y la actual eugenesia democrática y privada, “en la que los padres exigen un niño normal, eliminando embriones anormales”.
Sobre el diagnóstico preimplantatorio afirma: “En general, no existe un gen absolutamente bueno o malo. Los genes tienen diversas acciones, todavía en gran parte desconocidas. Desconocemos las interacciones entre los genes. Por eso nos comportamos como aprendices de brujo. Además, los genes están influidos por el medio ambiente, con factores epigenéticos. El ejemplo más conocido es el de la peste en la Edad Media. En las aldeas, el 30% de las personas sobrevivió, sin duda por razones genéticas que no conocemos. Con el cambio climático, podrían propagarse nuevas enfermedades ante las que nos encontraríamos indefensos. Y en este contexto, fabricar individuos genéticamente similares el riesgo de llevar a la muerte a la tiene especie en dos o tres siglos”.
A la vez, advierte del abuso que supone emplear técnicas nacidas con una
finalidad médica para objetivos distintos: por ejemplo, la congelación de
óvulos de mujeres que no tienen ningún problema de salud, pero que, por razones
profesionales o de otra índole, quieren dilatar el nacimiento de sus hijos: “No
es un problema médico, sino una cuestión social. Habría que exigir al empleador
que no impida la promoción de mujeres con hijos. Pero no es tarea de los
médicos resolver ese tipo de situación”.
Algo semejante sucede cuando se invoca la presunta desigualdad de la mujer respecto de los hombres, teóricamente fértiles durante toda su vida: “algunos ginecólogos pretenden compensar esta desigualdad con la técnica”.
Somos muchos los que estamos de acuerdo con el doctor Testart en cuanto a su preocupación de que se puede llegar a un uso de la ciencia biológica que no respete a la persona.

















