" MARÍA ES COMO UNA VENTANA DE ESPERANZA QUE DIOS ABRE AL MUNDO, CUANDO EL HOMBRE LE CIERRA LA PUERTA" ( Benedicto XVI)
Porqué te Amo, María
Santa Teresita Del Niño Jesús
Escrito
el mes de Mayo de 1897 (4 meses antes de su muerte)
«Todavía
tengo que hacer una cosa antes de morir», le decía
Teresita a su hermana Celina; «Siempre he soñado con exponer en un canto a la Santísima Virgen
todo lo que pienso sobre ella».
1
Cantar, Madre, quisiera por qué te amo, por qué tu dulce nombre me hace saltar
de gozo el corazón, y por qué el pensamiento de tu suma grandeza a mi alma no
puede inspirarle temor. Si yo te contemplase en tu sublime gloria, muy más
brillante sola que la gloria de todos los elegidos juntos,no podría creer que
soy tu hija, María, en tu presencia bajaría los ojos.
2 Para
que una hija pueda a su madre querer, es necesario que ésta sepa llorar con
ella,
que con ella comparta sus penas y dolores.
¡Oh dulce Reina mía, cuántas y amargas lágrimas lloraste en
el destierro para ganar mi corazón, ¡oh Reina! Meditando tu vida tal como la
describe el Evangelio, yo me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti. No me
cuesta creer que soy tu hija, cuando veo que mueres, cuando veo que sufres como
yo.
3 Cuando
un ángel del cielo te ofrece ser la Madre de un Dios que ha de reinar
eternamente, veo que tú prefieres, ¡oh asombroso misterio!, el tesoro inefable
de la virginidad.
Comprendo que tu alma, inmaculada Virgen, le sea a Dios más
grata que su propia morada de los cielos. Comprendo que tu alma, humilde y
dulce valle, contenga a mi Jesús, océano de amor.
4 Te
amo cuando proclamas que eres la siervecilla del Señor, del Señor a quien tú
con tu humildad cautivas. Esta es la gran virtud que te hace omnipotente y a tu
corazón lleva la Santa Trinidad. Entonces el Espíritu, Espíritu de amor, te
cubre con su sombra, y el Hijo, igual al Padre, se encarna en ti.
¡Muchos habrán de ser sus hermanos pecadores para que se le
llame: Jesús, tu primogénito!
5 María,
tú lo sabes: como tú, no obstante ser pequeña, poseo y tengo en mí al
todopoderoso. Mas no me asuste mi gran debilidad, pues todos los tesoros de la
madre son también de la hija, y yo soy hija tuya, Madre mía querida. ¿Acaso no
son mías tus virtudes y tu amor también mío? Así, cuando la pura y blanca
Hostia baja a mi corazón, tu Cordero, Jesús, sueña estar reposando en ti misma,
María.
6 Tú
me haces comprender, ¡oh Reina de los santos!, que no me es imposible caminar
tras tus huellas. Nos hiciste visible el estrecho camino que va al cielo con la
constante práctica de virtudes humildes.
Imitándote a ti, permanecer pequeña es mi deseo, veo cuán
vanas son las riquezas terrenas. Al verte ir presurosa a tu prima Isabel, de ti
aprendo, María, a practicar la caridad ardiente.
7 En
casa de Isabel escucho, de rodillas, el cántico sagrado, ¡oh Reina de los
ángeles!, que de tu corazón brota exaltado. Me enseñas a cantar los loores
divinos, a gloriarme en Jesús, mi Salvador.
Tus palabras de amor son las místicas rosas que envolverán
en su perfume vivo a los siglos futuros. En ti el Omnipotente obró sus
maravillas, yo quiero meditarlas y bendecir a Dios.
8 A
san José, que ignora el milagro asombroso que en tu humildad quisieras ocultar,
tú le dejas llorar cerca del tabernáculo donde se oculta y vela la divina
beldad del Salvador. ¡Oh, cuánto amo, María, tu elocuente silencio! Es para mí
un concierto muy dulce y melodioso, que canta a mis oídos la grandeza, y hasta
la omnipotencia, de un alma que su auxilio sólo del cielo espera.
9 Luego,
en Belén, os veo, ¡oh María y José!, rechazados por todos. Nadie quiere acoger
en su posada a dos pobres y humildes forasteros. ¡Sólo para los grandes tienen
sitio...! Y en un establo mísero, rudo y destartalado, tiene que dar a luz la
Reina de los cielos a su Hijo Dios. ¡Madre del Salvador, qué amable me pareces,
qué grande me pareces en tan pobre lugar!
10
Cuando veo al Eterno envuelto en los pañales y oigo el tierno vagido del Verbo entre
las pajas, ¿podría yo, María, en ese instante, envidiar a los ángeles? ¡Su
Señor adorable es mi hermano querido! ¡Cómo te amo, María, cuando en nuestra
ribera abres para nosotros esa divina Flor! ¡Cómo te amo, Virgen, cuando
escuchas a los simples pastores, y a los magos, y guardas y meditas todo eso
dentro del corazón!
11
Te amo cuando te mezclas con las demás mujeres que dirigen sus pasos al templo
del Señor. Te amo cuando presentas al Niño que nos salva al venerable anciano
que le toma en sus brazos. Al principio yo escucho sonriendo su cántico, mas
pronto sus acentos hacen correr mis lágrimas. Hundiendo en el futuro su mirada
profética, Simeón te presenta la espada del dolor.
12
¡Oh Reina de los mártires, la espada dolorosa traspasará tu pecho hasta la
tarde misma de tu vida! Ya te ves obligada a abandonar el suelo de tu patria
por escapar, huyendo, del furor sanguinario de un envidioso rey. Jesús duerme
tranquilo bajo los suaves pliegues de tu velo cuando José te advierte que hay
que partir aprisa. Y es pronto tu obediencia: tú partes sin demora y sin
razonamientos.
13
En la tierra de Egipto, me parece, ¡oh María!, que, a pesar de vivir en la suma
pobreza, lleno de gozo y paz vive tu corazón. ¿Qué te importa el destierro? ¿No
es, acaso, Jesús la patria de las patrias, la más bella? Poseyéndole a El, tú
posees el cielo. Mas en Jerusalén, una amarga tristeza te envuelve y, como un
mar, tu corazón inunda. Por tres días Jesús se esconde a tu ternura, y entonces
si, sobre tu vida cae un oscuro, implacable, riguroso destierro.
14
Por fin logras hallarle, y al tenerle, rompe tu corazón en transporte amoroso.
Y le dices al Niño, encanto de doctores: «Hijo mío, ¿por qué has obrado así? Tu
padre y yo, con lágrimas, te estábamos buscando». Y el Niño Dios responde, ¡oh
profundo misterio!, a la Madre querida que hacia él tiende los brazos: «¿A qué
buscarme, Madre? ¿No sabías, acaso, que en las cosas que son del Padre mío he
de ocuparme ya?»
15
Me enseña el Evangelio que sumiso a María y José permanece Jesús, mientras
crece en sabiduría. ¡Y el corazón me dice con qué inmensa ternura a sus padre
queridos él obedece siempre! Ahora es cuando comprendo el misterio del templo,
las palabras ocultas del amable Rey mío: Tu dulce Niño, Madre, quieres que seas
tú el ejemplo vivo del alma que le busca a oscuras, en la noche de la fe.
16
Puesto que el Rey del cielo quiso ver a su Madre sometida a la noche, sometida
a la angustia del corazón, ¿será, acaso, merced sufrir aquí en la tierra? ¡Oh,
sí...! ¡Sufrir amando es la dicha más pura ! Puede tomar de nuevo Jesús lo que
me ha dado, dile que por mí nunca se moleste. Puede, si a bien lo tiene,
esconderse de mí, me resigno a esperarle hasta que llegue el día sin ocaso en
el que para siempre se apagará mi fe.
17
Yo sé que en Nazaret, Virgen llena de gracia, viviste pobremente sin ambición
de más. Ni éxtasis ni raptos ni milagros tu vida hermosearon, ¡Reina de los
electos! Muchos son en la tierra los pequeños, y ellos pueden alzar, sin miedo,
a ti los ojos. Por el común camino, oh Madre incomparable, caminas tú,
guiándonos al cielo!
18
Vivir contigo quiero, Madre amada, a la espera del cielo, seguirte en el
destierro día a día. En tu contemplación yo me hundo absorta, y de tu inmenso
corazón descubro los abismos de amor. Tu maternal mirada desvanece mis miedos,
y me enseña a llorar, y me enseña a reír. Lejos de despreciar las fiestas de la
tierra, las fiestas que son santas, tú, Madre, las compartes y bendices.
19
Al ver que los esposos de Caná no pueden ocultar al gran apuro en que se encuentran
por faltarles vino, con maternal solicitud acudes al Salvador, tu Hijo, de su
poder divino esperando la ayuda. Jesús parece rechazar tu súplica en un primer
momento: «Mujer, ¿qué no importa esto a ti y a mí?» Mas de su corazón allá en
el fondo madre suya te llama, y para ti y por ti Jesús realiza su milagro
primero.
20
Te veo un día, Madre, en la colina, entre los pecadores que escuchan la palabra
de aquel que más nadie desea recibirles a todos en el cielo. Alguien dice a
Jesús que quieres verle. Entonces él, Hijo divino tuyo, ante la gente muestra
lo inmensamente que nos ama: «¿Quién es mi hermano -dice-, quién mi hermana, y
mi madre quién es, sino el que cumple mi voluntad en todo?»
21
Al escucharle, tú, Virgen inmaculada, ¡oh Madre, la más tierna!, no te
entristeces, antes bien te alegras de que nos haga comprender entonces que aquí
abajo, en la tierra, nuestra alma se hace familia suya.
¡Oh, sí, te alegras, Virgen, de que él nos dé su vida, el
tesoro infinito de su divinidad! ¿Cómo no amarte y bendecirte, viendo en ti
tanto amor, tanta humildad?
22
Tú nos amas, María, como Jesús nos ama, por nosotros aceptas verte alejada de
él. Amar
es darlo todo, incluso a uno mismo: quisiste
demostrarlo quedando con nosotros como fuerte y visible ayuda nuestra. ¡Conocía
Jesús tus íntimos secretos y la inmensa ternura de tu divino corazón de madre!
Te nos dejó a nosotros, como refugio fiel de pecadores, cuando, para esperarnos
en el cielo, abandonó la cruz.
23
Te me apareces, Virgen, en la sombría cumbre del Calvario, de pie junto a la
cruz, igual que un sacerdote en el altar, ofreciendo tu Víctima, tu Jesús
amadísimo, nuestro dulce Emmanuel, para desenfadar la justicia del Padre.
Un profeta lo dijo, ¡oh Madre desolada!: «¡No hay dolor
semejante a tu dolor!» ¡Oh Reina de los mártires, quedando en el destierro,
prodigas por nosotros toda la sangre de tu corazón!
24
La casa de san Juan se hace tu único asilo, de Zebedeo el hijo reemplaza a tu
Jesús, y es éste ya el último detalle que nos da el Evangelio, de la Virgen María
no vuelve ya a hablar más. Pero, Madre querida, su silencio profundo ¿acaso no
revela que el Verbo eterno -él mismo- cantar quiere de tu vida los íntimos
secretos, para gozosa gloria de tus hijos, los santos moradores de la patria
del cielo?
25
Yo escucharé muy pronto esa dulce armonía, iré muy pronto a verte en, el
hermoso cielo. Tú que viniste a sonreírme, Madre, en la suave mañana de mi
vida, ven otra vez a sonreírme ahora..., pues ha llegado ya de mi vida la
tarde. No temo el resplandor de tu gloria suprema, he sufrido contigo, y ahora
quiero cantar en tus rodillas, Virgen, por qué te amo ¡y repetir por siempre y
para siempre que yo soy hija tuya...! La pequeña Teresa.