ANALFABETISMO SOBRE LA VEJEZ
En el curso de este siglo la población de ancianos en los países industrializados alcanza un número y una proporción mayores que nunca, y a la vez las familias son más pequeñas. No escasean análisis sobre las consecuencias del envejecimiento en los sistemas de pensiones, el mercado laboral o la sanidad. Pero la primera exigencia que plantea el aumento de personas mayores es, naturalmente, cuidarlas. ¿Quién las cuidará? En esto se centraba un informe de 2002 del Consejo de Bioética norteamericano, por el Consejo de Bioética bajo la dirección de Leon Kass, su primer presidente
Los autores del informe identifican dos peligros principales que se han de evitar. Uno es el de caer en “las peores formas de traición e inhumanidad contra los mayores dependientes”, como abandonarlos en instituciones dedicadas a “almacenarlos” y promover el suicidio o a la eutanasia. Es frecuente defender la eutanasia apelando al “derecho a morir”, basado en la autonomía individual. Leon R. Kass, profesor de la Universidad de Chicago, discute esa tesis en un trabajo publicado en Hastings Center Report (enero-febrero 1993
Ante este panorama, es muy necesario pensar con calma aquello que nuestra cultura prefiere evitar: la entrada en la vejez, y este ha sido el objetivo de Rogelio Rovira que inspirado por una sugerente intuición de Manuel García Morente -la vida como un viaje de cuatro estaciones, cada una con “sustantividad, esencia y finalidad propias” - mostrando en su ensayo “ Vejez, la cuarta estación “ (Bookman, 2026) que la ancianidad no es un apagamiento, sino una forma genuina de existencia humana.
Esta es la respuesta de Rogelio Rovira en una entrevista a dos preguntas clave :
-Hoy la cultura dominante parece obsesionada con la juventud, la productividad y la imagen. ¿Qué síntomas de “analfabetismo sobre la vejez” detecta usted en nuestra sociedad y qué correcciones propondría?
Aunque mi ensayo no es de crítica social —es, ante todo, una meditación filosófica—, no he podido evitar contrastar la visión que defiendo de la vejez con la que hoy parece imponerse. El contraste es sobrecogedor.
Ya Ortega y Gasset, en el primer cuarto del siglo pasado, advirtió que Europa entraba «en una etapa de puerilidad»: mientras a finales del XIX el joven aspiraba a imitar las maneras del anciano, ahora todos se esfuerzan por prolongar la juventud indefinidamente. Sus palabras resultaron proféticas. El filósofo francés Robert Redeker lo ha descrito de manera estremecedora al hablar del «jovenismo» y del «utilitarismo económico» como las dos líneas de fuerza que dominan la mentalidad occidental actual. Por el primero, quienes ya han dejado atrás la juventud quieren seguir siendo reconocidos como eternamente jóvenes. Por el segundo, la vida se mide en términos de productividad, y donde no hay rendimiento visible, se supone que tampoco hay vida que valga la pena. Redeker llega incluso a hablar de un «gerontocidio»: no la eliminación pasiva de los ancianos, sino su eliminación activa.
Los síntomas de este analfabetismo sobre la vejez son múltiples. El más llamativo, quizás, es el modo en que hoy se la nombra: se habla de «tercera edad» o de «los mayores», como si la ancianidad fuera una categoría innombrable o vergonzante. Por ello, tanto el editor del libro, Miguel Ángel Blázquez, como yo mismo no hemos querido dejar de llamar a las cosas por su nombre y hemos convenido en titular el libro así: Vejez, en letras muy grandes. Y es que, como ya observó Quevedo con su acostumbrada agudeza, «todos deseamos llegar a viejos y todos negamos que hemos llegado». Otro síntoma no menos revelador es el modo en que muchos tratan a los ancianos: o los infantilizan, empujándolos a imitar actitudes juveniles que no les corresponden, o los marginan, porque a quien no produce se le considera prescindible.
«Todos deseamos llegar a viejos y todos negamos que hemos llegado» Quevedo
La corrección de esta visión solo puede venir de una captación más lúcida y justa de lo propio de cada edad de la vida. Si se comprende que la niñez, la juventud, la madurez y la vejez son formas genuinas de existencia humana —y no grados de un progreso que culmina en la productividad y luego decae—, la vejez dejará de verse como una pérdida y empezará a reconocerse como lo que es: la estación de la contemplación, acaso la más propiamente humana de todas.
-En el libro habla de la vejez como tiempo privilegiado para la contemplación y la lucidez. ¿En qué consiste esa contemplación bien entendida y qué peligros tendría confundirla con mera pasividad o resignación?
-Conviene deshacer de entrada un malentendido: contemplar no es no hacer nada. El propio Aristóteles hablaba sin reparo de la «actividad contemplativa». La contemplación se opone a la acción entendida como trabajo, producción, rendimiento; pero no es inoperancia. Es ejercitar la razón en su dimensión más contemplativa: tratar de entender la realidad, toda la realidad, desde su sentido último y más profundo. Como escribe San Agustín, la vida feliz es "gaudium de veritate": el gozo de la verdad. Pero no tiene solo un componente intelectual. La contemplación tiene como base la vida moral, la vida bien vivida, y como remate el deleite por lo verdadero y lo bello.
En la vejez, liberado de las urgencias de la vida activa, el anciano puede ejercer esta forma de vida en su forma más genuina y desinteresada. Señalo en el ensayo cuatro tareas contemplativas propias de esta estación. La primera es reconocer la propia vejez sin negarla ni rechazarla, acoger con serenidad la fragilidad creciente y aprender de ella lo que nos enseñó, por ejemplo, Edith Stein: que, a pesar de la progresiva pérdida de las fuerzas, «soy y soy mantenido en el ser de momento en momento, y en mi ser fugaz abrazo un ser que perdura». La segunda es hacer lo que aún corresponde hacer — y lo que acaso antes no se pudo hacer o hacer como uno hubiera querido —: cuidar a los seres queridos, cultivar amistades, disfrutar de la belleza, entregarse a la oración.
Edith Stein: que, a pesar de la progresiva pérdida de las fuerzas, «soy y soy mantenido en el ser de momento en momento, y en mi ser fugaz abrazo un ser que perdura»
La portada del libro, que me sugirió mi mujer, Alicia, ilustra esta tarea de manera muy expresiva: reproduce una bella pintura del pintor suizo Albert Anker, titulada Abuelo con nieta dormida (1879). Solo un abuelo —y lo digo por experiencia propia— tiene tiempo para dejar que su nieta duerma plácidamente en sus brazos y, al mismo tiempo, pensar en el regalo que esa niña supone para su vida y, en definitiva, en el sentido último del vivir. La tercera tarea propia de la ancianidad es contemplar el pasado vivido: hacerse cargo de la propia historia con gratitud por los bienes recibidos, con arrepentimiento por los errores cometidos y con capacidad de perdonar los daños recibidos. Y la cuarta es afrontar el futuro, sea largo o breve, y hacer también lo que hoy tanto se quiere eludir: meditar sobre la propia muerte y sobre la de los seres queridos, llevar a cabo esa meditatio mortis que Sócrates identificó con la filosofía misma.
Ninguna de estas tareas tiene que ver con la pasividad o la resignación. Son quehaceres exigentes, a veces dolorosos. El anciano que las afronta no se abandona a la inercia: se enfrenta a la realidad acaso con mayor hondura que en ninguna otra etapa de su vida. Y lo que le aguarda, si las lleva a cabo, es lo que Séneca recomendaba a su amigo Lucilio: un ocio en el que se hacen «cosas mayores y más bellas que las que se han dejado atrás».
"Un ocio en el que se hacen «cosas mayores y más bellas que las que se han dejado atrás». Séneca a su amigo Licilio
La vejez, por tanto, no es un apagamiento ni un declive sin forma propia: es la estación en que estamos llamados, de manera más plena que en ninguna otra, a ejercer lo que los antiguos consideraban la actividad más propiamente humana y la más feliz. No es un vacío; es una tarea, una tarea contemplativa. Y contemplar, como señalo en el ensayo, no es «no hacer nada»: es mirar la realidad desde sus raíces más hondas, desde su sentido último y más verdadero.













