viernes, 20 de marzo de 2026

 

¡ QUÉ BIEN ESTAMOS JUNTOS!

 



 

 

Cuando estaba esta tarde en casa escuchando música,  me acordaba  de la expresión de Ricardo Marín en " El hijo de la novia" cuando mira con ternura a sus padres, ya mayores, vestidos de novios: ella con alzheimer y él con ganas de ofrecerle por amor lo único que le negó en vida: casarse ante Dios, en la iglesia y con sacerdote…Porque bien sabe que para ella eso era algo muy importante. Y el hijo los mira…Y ve en ellos toda una vida de amor sin aspavientos, de desvelos del uno por el otro.

 

 Pero al mismo tiempo se contempla a sí mismo y contempla su desorientación, su fracaso… El agujero del que escapa Rafael, es fundamentalmente el de su propio ombligo: en cuanto aprende a utilizar (en sentido literal y figurado) su corazón y a conjugar el pronombre «nosotros» (familia, amigos, pareja), su malestar o, mejor, su «malser» empieza a remitir. Cuando los problemas individuales son sustituidos por problemas compartidos entramos en el terreno de las auténticas relaciones humanas y de la existencia con verdadero sentido (dirección: el otro), y allí es donde, al final, consigue arribar felizmente el protagonista de este relato para iniciar, desde ese punto, un nuevo proyecto de vida.  

 

 Y desde lo más profundo, cuando mira a sus padres, sabe que detrás de lo que parece tan fácil,  hay mucha determinación, mucho sacrificio, mucha capacidad de renuncia y de perdón; y, sobre todo, mucha fortaleza: Todos esos  “ muchos “ son posibles, en buena parte, gracias a una personalidad sana, y en lenguaje más “ técnico”, con un grado notable de madurez afectiva y emocional.

 

Salta a la vista que en la sociedad actual el descontrol sustituye con facilidad a la capacidad de diálogo, adquiriendo un grado de crispación que nos afecta a todos y que, en ocasiones, nos impide a unos y a otros, poder exclamar de manera espontánea, en el día a día …

 

¡ Qué bien se está contigo ¡

Y contigo también … ¡ Gracias!

 

 

¡ Qué bien se está contigo!... ¿ De que depende ?

 

 ¿ Acaso es casualidad que algunos – niños primero, jóvenes y adultos luego – salgan abiertos, flexibles, capaces de reconocer sus fallos y de enfrentarse a los problemas que la vida les plantea, ¡ encantadores ! … y otros sean, en cambio, susceptibles, incapaces de aceptar y expresar lo que sienten,  “ incómodos “, desconfiados, y de convivencia tan difícil ? La respuesta no es simple. Porque todo lo que se refiere al desarrollo sano, armónico y maduro de la personalidad es un enigma incluso para los mejores educadores, psicólogos o psiquiatras.

 

En la familia se educa por contagio: la sensibilidad se afina y la afectividad se desarrolla equilibradamente según sea lo que “ contagie” el ambiente familiar.. Por eso los padres debemos preguntarnos. ¿ qué contagia nuestro ambiente familiar ? ¿ qué componentes tiene el “ aire” que se respira? Si nos preguntamos cuales deberían ser los componentes de ese “ aire”, para  lograr el desarrollo sano y la maduración gradual de la personalidad de nuestros hijos, me gusta mucho la respuesta  de  Carmen Balmaseda. A su modo de ver, el “ aire” deseable y sano que nuestros hijos deberían respirar tiene al menos cinco componentes.

 

El componente que contagia alegría, el que contagia la “frescura sana” de quienes expresan con naturalidad lo que sienten, de quienes saben decir: “ me pasa esto” o “ siento esto otro”. El componente que contagia sensibilidad hacia el bien, la verdad y la belleza. La sensibilidad, o la llevamos en la piel y en la mirada, o lo que hacemos y decimos se queda muy por debajo de los límites de nuestra humanidad. Y nuestra humanidad, normalmente, comienza en una familia que en esto de la sensibilidad, educa por contagio. Es un componente que enseña a mirar – no solo a ver – a escuchar con atención – no sólo a oír -, a valorar el bien, y respetar a la verdad.

 

El componente que ayuda a descubrir criterios rectos y valores firmes como la honradez, la lealtad, la laboriosidad, la justicia, el compañerismo, etc. Un “aire “ enriquecido con tales componentes, es un aire ciertamente saludable.  El componente que contagia amor y con el que se aprende a amar. Porque es el amor precisamente lo que más nos ayuda a madurar. Y en la medida en que pierdo la obsesiva preocupación por mí mismo, el campo que se abre es inmenso.

 

¡ Necesitamos ser amados ! Necesito ser amado, para afirmar mi propia existencia, para poder mantener la estima de mí mismo. Porque cuando alguien me ama, es como si me dijera: ¡ Qué bueno es que existas !  Y en la familia es importante  poder decir

 

 ¡ Que bien estamos juntos !

 

 




 

NO ESTÁ MUERTO, ESTÁ ENFERMO

 

 


 

El matrimonio está en crisis. La familia está en crisis. ¡ Cuantas veces hemos escuchado estas afirmaciones ! Manuales se discuten los escaparates de las librerías. Sus páginas, en muchos casos, no contienen otra cosa que malos remiendos con los que se quiere apuntalar un edificio en ruinas.

 

A pesar de lo que cuenten los expertos … ¡ tantas veces expertos del fracaso!  Aquí no sirven las recetas, nos sobran, pero nos faltan modelos. Necesitamos encontrar los materiales con la suficiente garantía para que sean capaces de resistir todos los vientos y  sus violentos seísmos.

 

El hombre se encuentra soportando los efectos de grandes enfermedades que, con caracteres de epidemia, se han propagado a la velocidad endiablada de las comunicaciones de este siglo.
 

 El hombre se encuentra soportando los efectos de grandes enfermedades

 

De una parte, el consumismo materialista más desenfadado. Es una sed insaciable de tener y de acaparar antes que de ser y de compartir. ¿ Existe acaso algún matrimonio que no incluya el apartamento propio, el sofisticado electrodoméstico…? Del “contigo pan y cebolla “ hemos pasado al “ no hay nada que hacer contigo mientras no tengamos dos cenas semanales con cuatro tenedores, estación de invierno y playa de moda”. ¿ Exagerado? ¿ Te has parado a pensar cuántos bolígrafos, rotuladores,… manejan tus hijos más pequeños? 

 

La otra enfermedad es contagiosa y repugnante. Una ola de sensualidad ha encenegado hasta los propios hogares, conducida por la cloaca que representan algunos programas de televisión.  Todo este materialismo y hedonismo ha ido trepando por todos nuestros centros nerviosos hasta contagiar la cabeza y producir lesiones gravísimas en el cerebro. Si antes, al hacer lo que pensaba, sentía dentro de mi un escozor de intranquilidad, lo mejor será pensar de acuerdo con mi  conducta y habré logrado la anestesia. Es pura morfina, la enfermedad sigue invadiéndonos pero no siento dolor.

 

 ¿ Cómo paro esta oleada?  Con un dique que se llama fortaleza. Fortaleza para cortar el programa de Tv. Fortaleza para no comprar a tu hija, con   tu dinero,  un pantalón que tiene que ponerse con calzador y esa blusa que es mil veces peor que si no llevara nada…

 

Ésta es la sintomatología del enfermo: El bien y el mal no son objetivos. “ así es si así os parece “ . Yo soy el legislador, yo marco las leyes de mi conducta al dictado de mi capricho. A la hora de juzgar, para qué buscar un juez independiente. Si la ley me la he fabricado a mi manera, la aplicaré a mi modo y con actitud compasiva. ¿ La moral ? Éste es un tema tan cambiante como la moda. Fíjate si estoy dispuesto a aceptar, que acato la moral de la mayoría. ¿ Principios? ¿ Fines ? ¿ Para que ? Yo soy el rey de mi existencia; el principio y fin de todas las cosas, y mi ombligo, la brújula y guía de todos mis actos.

 

Me uno a lo que dice Antonio Vázquez  respecto a esta epidemia:

Nos negamos a aceptar que el amor sea un producto de consumo que se toma en un mercado al cambio de un bienestar materialista.

No estamos dispuestos a admitir un enano reduccionismo que ha limitado el amor a unos simples impulsos sexuales, cuando no animales.

Nos están ofendiendo cuando piensan que somos incapaces de amar los compromisos.

Nos insultan cuando nos niegan la capacidad de superar obstáculos, vencer dificultades.

No queremos escuchar a los que nos dicen que somos el centro del universo.

 

Tenemos el suficiente realismo para conocer nuestra carga de limitaciones y la audacia necesaria para, conociéndolas, superarlas.

 

" No estamos dispuestos a conformarnos con que las leyes esenciales de la naturaleza, y por  tanto para la vida de la sociedad, sean allanadas y ridiculizadas por la fuerza de una mayoría. El hombre y la mujer no han cambiado. No es cierto que las modas cambien a los hombres; los fanatismos se suceden dejando una huella efímera; pero no vamos a ser frívolos como para atribuirles la capacidad de cambiar la naturaleza de los hombres. La moda no se inventó ayer. Séneca ya denunciaba que se corre más detrás de lo nuevo que de lo mejor; pero ese viejo tirano siempre es apuñalado por la espalda de la última novedad que está en la cola. “

 

Como vemos, hay muchas zarzas que arrancar para poder dejar abierto el surco para la siembra. Se han empeñado en robarnos la personalidad convirtiéndonos en manada y ya hemos vivido lo suficiente para caer en la cuenta de que no hay dos hombres  ni dos mujeres iguales, y es por tanto nuestra peripecia absolutamente singular e irrepetible,

 

 El hombre vive. El hombre no ha muerto. Está enfermo.

 

El hombre vive. El hombre no ha muerto. Está enfermo. Pero no hay cáncer capaz de destruir su dimensión infinita. Lo importante no es estar enfermo, lo verdaderamente esencial es querer curarse. Poner los medios para superar lo antes posible la enfermedad.