¡ QUÉ BIEN ESTAMOS JUNTOS!
Cuando estaba esta tarde en casa escuchando música, me acordaba de la expresión de Ricardo Marín en " El hijo de la novia" cuando mira con ternura a sus padres, ya mayores, vestidos de novios: ella con alzheimer y él con ganas de ofrecerle por amor lo único que le negó en vida: casarse ante Dios, en la iglesia y con sacerdote…Porque bien sabe que para ella eso era algo muy importante. Y el hijo los mira…Y ve en ellos toda una vida de amor sin aspavientos, de desvelos del uno por el otro.
Pero al mismo tiempo se contempla a sí mismo y contempla su desorientación, su fracaso… El agujero del que escapa Rafael, es fundamentalmente el de su propio ombligo: en cuanto aprende a utilizar (en sentido literal y figurado) su corazón y a conjugar el pronombre «nosotros» (familia, amigos, pareja), su malestar o, mejor, su «malser» empieza a remitir. Cuando los problemas individuales son sustituidos por problemas compartidos entramos en el terreno de las auténticas relaciones humanas y de la existencia con verdadero sentido (dirección: el otro), y allí es donde, al final, consigue arribar felizmente el protagonista de este relato para iniciar, desde ese punto, un nuevo proyecto de vida.
Y desde lo más profundo, cuando mira a sus padres, sabe que detrás de lo que parece tan fácil, hay mucha determinación, mucho sacrificio, mucha capacidad de renuncia y de perdón; y, sobre todo, mucha fortaleza: Todos esos “ muchos “ son posibles, en buena parte, gracias a una personalidad sana, y en lenguaje más “ técnico”, con un grado notable de madurez afectiva y emocional.
Salta a la vista que en la sociedad actual el descontrol sustituye con facilidad a la capacidad de diálogo, adquiriendo un grado de crispación que nos afecta a todos y que, en ocasiones, nos impide a unos y a otros, poder exclamar de manera espontánea, en el día a día …
¡ Qué bien se está contigo ¡
Y contigo también … ¡ Gracias!
¡ Qué bien se está contigo!... ¿ De que depende ?
¿ Acaso es casualidad que algunos – niños primero, jóvenes y adultos luego – salgan abiertos, flexibles, capaces de reconocer sus fallos y de enfrentarse a los problemas que la vida les plantea, ¡ encantadores ! … y otros sean, en cambio, susceptibles, incapaces de aceptar y expresar lo que sienten, “ incómodos “, desconfiados, y de convivencia tan difícil ? La respuesta no es simple. Porque todo lo que se refiere al desarrollo sano, armónico y maduro de la personalidad es un enigma incluso para los mejores educadores, psicólogos o psiquiatras.
En la familia se educa por contagio: la sensibilidad se afina y la afectividad se desarrolla equilibradamente según sea lo que “ contagie” el ambiente familiar.. Por eso los padres debemos preguntarnos. ¿ qué contagia nuestro ambiente familiar ? ¿ qué componentes tiene el “ aire” que se respira? Si nos preguntamos cuales deberían ser los componentes de ese “ aire”, para lograr el desarrollo sano y la maduración gradual de la personalidad de nuestros hijos, me gusta mucho la respuesta de Carmen Balmaseda. A su modo de ver, el “ aire” deseable y sano que nuestros hijos deberían respirar tiene al menos cinco componentes.
El componente que contagia alegría, el que contagia la “frescura sana” de quienes expresan con naturalidad lo que sienten, de quienes saben decir: “ me pasa esto” o “ siento esto otro”. El componente que contagia sensibilidad hacia el bien, la verdad y la belleza. La sensibilidad, o la llevamos en la piel y en la mirada, o lo que hacemos y decimos se queda muy por debajo de los límites de nuestra humanidad. Y nuestra humanidad, normalmente, comienza en una familia que en esto de la sensibilidad, educa por contagio. Es un componente que enseña a mirar – no solo a ver – a escuchar con atención – no sólo a oír -, a valorar el bien, y respetar a la verdad.
El componente que ayuda a descubrir criterios rectos y valores firmes como la honradez, la lealtad, la laboriosidad, la justicia, el compañerismo, etc. Un “aire “ enriquecido con tales componentes, es un aire ciertamente saludable. El componente que contagia amor y con el que se aprende a amar. Porque es el amor precisamente lo que más nos ayuda a madurar. Y en la medida en que pierdo la obsesiva preocupación por mí mismo, el campo que se abre es inmenso.
¡ Necesitamos ser amados ! Necesito ser amado, para afirmar mi propia existencia, para poder mantener la estima de mí mismo. Porque cuando alguien me ama, es como si me dijera: ¡ Qué bueno es que existas ! Y en la familia es importante poder decir:
¡ Que bien estamos juntos !




