MOTOR DE LA REVOLUCIÓN SOCIAL
Escribe Tomás Melendo en su libro titulado “ La hora de la familia”, que cuando le invitaron a participar en una mesa redonda cuyo tema era La familia ante el cambio social, su primer impulso fue el de rechazar la propuesta. Y en efecto así lo hizo. Pero un amable forcejeo por parte de los organizadores le llevó, sin embargo, días más tarde, a cambiar de parecer. Y comenzó a preparar su intervención, viniéndole a la mente la conveniencia de invertir las relaciones insinuadas por el titulo propuesto.
” El futuro de la sociedad se juega, en la familia. Y el de la familia, por su parte, se halla invisiblemente unido al de la entera sociedad. De ahí que pudiera afirmar Chesterton, con palabras sucintas a la par que decididas: “ Si queremos preservar la familia debemos revolucionar la nación “
La familia constituye la fuente insustituible de donde surgirá la civilización del amor reclamada con insistencia por San Pablo VI y por San Juan Pablo II. Hay que decirlo muy alto: si semejante renovarse de la civilización no brota de ella, de la familia, no brotará en absoluto; la revolución que debemos fraguar , o será familiar o simplemente no será. Y en este sentido, resulta del todo resolutiva la afirmación ya famosa del Romano Pontífice: “ Cual es la familia, tal es la nación, porque tal es el hombre”
“ Cual es la familia, tal es la nación, porque tal es el hombre”
Grabemos en la memoria lo que escribió San Juan Pablo II, en “ Carta a las familias, n 20 “
Aquí es donde se impone afinar en nuestras consideraciones. ¿ cuales son las acechanzas reales que se ciernen sobre la familia ?. Para muchos de nosotros, esas insidias sobrevienen desde fuera, animadas por una fuerza arrolladora: una legislación cada vez mas asfixiante, gravámenes económicos impuestos por el Estado, conspiraciones en el sistema educativo, degradación moral, sofocamiento de la sensibilidad religiosa, influjo casi invencible de los medios de comunicación, corrupciones sin cuento… Un panorama desolador que elimina cualquier vislumbre de esperanza. Pero no es ésa la realidad. No es así, por lo menos, como saben verla los mejores
Chesterton, por ejemplo, fue ya consciente de que el enemigo número uno de la familia no habría que buscarlo afuera, en esas fuerzas enormes y avasalladoras que derrumban sociedades enteras. Los mismos extremos del capitalismo, del socialismo y de la sociedad de consumo, apenas tienen relevancia en comparación con el enemigo interior al ser humano. El enemigo del amor y de la familia es uno mismo. Según Chesterton, es la falta de desarrollo interior humano, la pobreza de espíritu, el aburrimiento y la frivolidad, la asombrosa ausencia de imaginación, la que lleva a hombres y mujeres a desesperar de la familia y del matrimonio, o por lo menos, de su familia y de su matrimonio tal como lo experimentan.
Chesterton insiste en que la vida no es algo que viene de fuera, sino de dentro. El hogar no es pequeño, es el alma de algunas personas la que es raquítica. El matrimonio y el hogar resultan demasiado grandes para ellos. Es el “ mí mismo” el que en su cobardía egoísta se muestra incapaz de aceptar el prodigioso escenario del hogar, con su grandeza de composición épica , trágica y cómica, que todo ser humano puede protagonizar.
El verdadero protagonista de la mudanza universal que está a punto de llevarse a término en nuestra civilización es, pues, uno mismo, cada uno. El ámbito primordial de esa convulsión pacífica y duradera, es la propia familia.
" No quieras influir en eso que llaman la marcha de la cultura, ni en el ambiente social, ni en tu pueblo, ni en tu época, ni mucho menos en el progreso de las ideas, no , sino en el crecimiento de las almas, de cada alma, en una sola alma y basta. Lo uno es para vivir en la Historia; para vivir en la eternidad lo otro (...) Coge a cada uno, sí puedes, por separado y a solas en su camerín, e inquiétalo por dentro, porque quien no conoció la inquietud, jamás conocerá el descanso. Sé confesor más que predicador. Comunicaté con el alma de cada uno y no con la colectividad"
( Miguel de Unamuno, ¡ Adentro!



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